lunes, 23 de enero de 2012

Doña Magdalena

Dña. Magdalena era una mujer misteriosa, diferente, alegre y triste, melancólica y esperanzadora, siempre controvertida y nunca indiferente. A veces nos comía a besos y otras pasaba a nuestro lado sin ni siquiera saludarnos, pero a pesar de todo la queríamos, era un espíritu libre que nunca nos mentía y desde luego no nos decía lo que queríamos  oír, si no lo que ella consideraba mejor para nosotras.
Recordamos ser muy pequeñas cuando su presencia nos impactó por primera vez, llegaba de Argentina, donde tenía dos hermanos, y venía con un vestido rosa de falda perfectamente plisada con un gran lazo en el cuello, muy cansada y terriblemente enfadada. Entró en casa de la tía como si de un ciclón se tratase, sin contemplaciones le soltó que sus hermanos eran unos “indeseables indianos” que querían hacer ostentación de su nuevo estatus y que se habían olvidado de su procedencia. No entendíamos nada ¿acaso los hermanos “americanos” de Dña. Magdalena se habían vuelto indios? Hasta donde nosotras sabíamos los indios estaban en el lejano oeste y ya quedaban pocos, porque los sábados en la televisión ponían unas películas que se los estaban cargando a todos. Pero no, el caso es que los hermanos de Magdalena pretendían casarla con un terrateniente argentino de muy buena familia que se había enamorado perdidamente de ella, era un hombre viudo con dos hijos que necesitaba una mujer para que gobernase su casa y al conocer a Magda se dio cuenta que era la mujer ideal para regentar su casa y sus posesiones. Además quedó prendado de su ironía, de su sentido del humor y de su forma de hablar.
A la tía Soledad le costó hacerla entrar en razón, no era que sus hermanos la “vendiesen” al hacendado, era simplemente que les parecía un buen ofrecimiento por parte del buen hombre que se ofrecía a sacar de su soltería a la española a la que creían se la había pasado el arroz. Poco sabían todos ellos de lo bien que se  las arreglaba Dña. Magdalena. Maestra de escuela y dueña de una pensión para chicas estudiantes en Oviedo que dirigía a las mil maravillas. Era independiente y culta, tenía amigas en las que confiaba y un montón de aficiones que lograban llenar sus días, lo que menos quería era irse a Argentina para estar controlada por sus hermanos y mucho menos casarse con alguien a quien no  quería.
No sabemos cuánto tiempo le duró el enfado, pero sí que nunca más volvió a visitar a sus hermanos y tuvieron que ser ellos los que vinieron a verla, parece ser que su salida de Buenos Aires no fue muy “políticamente correcta” y que cuando D. Luis Alberto intentó demostrarle su amor se encontró con una mujer colérica que no dudó en utilizar todo su ingenio para ofenderle.
Años después de aquella anécdota y cuando ya Dña. Magdalena estaba jubilada y la tía y ella salían por las tardes a tomar un café y un pastel al “Rialto” nos invitó a su casa.
Nosotras éramos parte de su familia, en realidad para ella éramos sus sobrinas y quería hacernos un regalo. Lo había pensado mucho y cuando llegamos a su apartamento tenía encima de la mesa de su saloncito todas sus joyas expuestas. Eran muchas y muy bonitas, algunos broches de oro y esmaltes delicados representaban mariposas, los pendientes de perlas y brillantes o las pulseras de oro amarillo y blanco brillaban encima de la mesa en todo su esplendor. Era la sorpresa que nos tenía preparada pues sabía que tanto a Violeta como a Victoria las joyas les encantaban. Nos las enseñó una por una, de todas recordaba su procedencia, unos pendientes de camafeo se los había comprado su madre cuando terminó sus estudios, los de perlas uno de sus hermanos en su primer viaje de regreso a verla, el broche era el primer regalo que su novio le hizo y el anillo era el de pedida, días antes de que tuviese un accidente y se truncasen todos sus planes. Siempre decía que si por lo menos le hubiese dejado un hijo otra habría sido su vida; nunca pudo olvidar a su gran amor y siempre tuvo un trato de nuera con la madre de su novio, a la que cuidó en sus últimos años.
La sorpresa llegó a última hora, nos dijo que iba a enviar alguna de aquellas joyas a sus sobrinas de Argentina y que como nosotras éramos las que estábamos más cerca éramos las primeras en elegir. Quería hacernos un regalo personal, suyo, que siempre tuviésemos como recuerdo, no algo comprado, no, algo que fuese de ella, que siempre tuviésemos con nosotras y que pudiésemos dejar a nuestras hijas. Violeta dijo que no podíamos aceptarlo, que se lo agradecíamos pero que  nosotras éramos más afortunadas que sus verdaderas sobrinas pues la teníamos a ella y que eso nos se podía olvidar pues teníamos  su cariño, que no se preocupase que no necesitábamos nada para tenerla siempre presente. Victoria le dio un abrazo y dijo que la verdadera joya era ser su sobrina, pero que no podía aceptar nada. Dña. Magdalena no se enfadó, nos entendió y le dijo a tía Soledad que era muy afortunada.
Al mes siguiente nos llegó una carta certificada y un documento notarial, era un paquete que nos enviaba Dña. Magdalena, para Violeta unos pendientes maravillosos y para Victoria el broche de mariposa que le había gustado tanto, el documento del notario nos hacía dueñas de aquel regalo. No admitía devolución y nos dejaba bien claro que era el reparto justo de sus joyas entre sus quince sobrinas, nosotras también lo éramos.
En recuerdo de aquel momento y por lo mucho que supuso Magda en nuestra historia hicimos este pequeño montaje para recrearlo. Esperamos que os guste.
Gracias a tod@s.