lunes, 28 de marzo de 2011

Vacaciones en "Puerto de Vega"

En al año 1974 fuimos a pasar unos días a Puerto de Vega, un pueblo marinero del occidente asturiano, con una familia amiga de nuestros padres.
La casa era muy grande, de tres plantas, y tenía un frondoso jardín donde hacíamos unas estupendas barbacoas.  El olor a salitre y flores inundaba el pueblo, era (y sigue siendo) una maravilla ver atardecer en el puerto, comer bocarte en las cantinas y pasar el día descubriendo rincones a cada cual más sorprendentes.
Aquellos días nos juntamos seis niños en la casa, todos entre siete y doce años, con muchas ganas de jugar y pasarlo bien. Jugábamos  a todo lo imaginable: a indios y vaqueros, a las canicas, a los cromos de la palma,  a ser actores, al escondite, al “pilla-pilla”… vivíamos la alegría de la infancia y por las  noches usábamos un “cinexin” para visionar una y mil veces las mismas películas de dibujos animados en un salón enorme que era la habitación de juegos.
Nel era un niño del pueblo, encantador y afectuoso, siempre con alguna travesura que hacer y algo nuevo que enseñarnos, disfrutábamos mucho con él.  Su padre era marinero y se pasaba mucho tiempo en el mar, vivía con su madre y su abuela y siempre estaba inventando cosas. Alguna vez tuvo problemas por culpa de sus experimentos, quería hacer un pegamento que fuese eficaz, muy potente y rápido, (preámbulo del loctite), así que mezcló los ingredientes que consideró le iban a servir y a los dos minutos de revolver en aquella cacerola oxidada que había encontrado, la mezcla explotó quemándole la mano. En otra ocasión decidió hacer una bomba fétida “irrespirable y casera” con la que casi se asfixia…era un peligro,  pero supo canalizar su vocación y, como llegó vivo a la edad adulta, logró una plaza de químico en un laboratorio. Hoy es un hombre felizmente casado y con dos hijos que, para su intranquilidad, salieron tan ingeniosos como él.
Una tarde Nel nos invitó a merendar a su casa y allí fuimos todos ilusionados, la mamá de Nel era una mujer muy guapa, exuberante y risueña que disfrutaba viendo a tantos niños alrededor suyo, la comparábamos con Sofía Loren, ¡qué guapa era!, y sobre todo ¡qué buena!, nada le molestaba, decía que la casa era para vivir y disfrutar, así que Nel podía hacer sus experimentos en la cocina o en el baño y luego analizaban juntos porque podían haber fallado.
Pero lo que recordamos de aquella tarde es la habitación de Nel, era tan diferente a todas las que habíamos visto hasta entonces, que se quedó grabada en nuestra retina. El armario era una alacena vieja, repintada en rojo, blanco y azul (los colores de los marineros  según Nel) y la cama tenía por cabecero una tabla pintada a rallas con los mismos colores. Lo más llamativo es que ni siquiera  estaba bien pintada, era todo a libre albedrío, tan diferente y asombroso como su propietario. La pared imitaba el mar que a Nel tanto le gustaba.
Hoy, muchos años más tarde, seguimos pensando en la suerte que tuvimos de compartir aquellos días con nuestro nuevo amigo. Algunas veces nos seguimos juntando, aunque es muy difícil que todos, y Nel forma parte de la cuadrilla, lo único que ahora en vez de siete somos veinte.
Esta habitación en miniatura se ajusta al recuerdo de aquella que tanto nos impactó, mal pintada y realmente fuerte…esperamos que la podáis ver  con los ojos de niña que la recuerda.


Un abrazo a todos los que nos hacéis sentir que merece la pena compartir nuestros recuerdos.