jueves, 17 de febrero de 2011

La Alacena de Aurora

En el otoño asturiano cuando el aire se convierte en viento y sopla caliente y fuerte  vamos  al bosque a buscar castañes, aprovechando ese viento que nosotros llamamos airín de les castañes.
La abuela y la tía nos llevaron a casa de una amiga suya que vivía en la falda de la montaña, era una casa de piedra, rústica y destartalada, sin ninguna de las comodidades a las que estábamos acostumbradas pero con el encanto de lo auténtico.  La casa tenía una cocina de carbón que  estaba al rojo vivo, era como entrar en una sauna, olía a castañas asadas, frente a ella una alacena de castaño a juego con la gran mesa que se situaba en el centro de la estancia.
¡Qué contenta se puso Aurora  al ver a sus amigas! Y que contentas también las hermanas de verla a ella. A las niñas nos dieron pan con mantequilla y azúcar, castañas y manzanas asadas, ellas tomaron un café que desprendía el mejor aroma que os podáis imaginar: a café de verdad.
Recordamos que había una botella de anís de guindas encima de la mesa y entre las tres se encargaron de beberlo, según decían era jarabe para el dolor de barriga ¿les dolía la barriga  a las tres a la vez?, no entendíamos nada. ¡Cómo se reían recordando su infancia! y eso que no paraban de decir –calla, calla, que hay ropa tendida- aunque os podemos asegurar que por más que nosotras mirábamos no veíamos ropa en ningún tendal. Menos mal  que la botella era muy pequeña que si no…
Al llegar a casa por la noche nos fuimos a acostar pero a Violeta le dolía la barriga y recordó que Aurora les había regalado un tarro de miel y una botella de jarabe. No quiso despertar a nadie, pensó que ya era lo suficientemente mayor como para poder tomar ella sola un jarabe sin ayuda, además lo habían dejado encima de la meseta de la cocina… ¡qué bien sabía este jarabe! Nada que ver con el aceite de hígado de bacalao que mamá nos obligaba a tomar…pero… parece que marea un poco…será que hay que tomar más…!AY! 
Ahora nos reímos al recordar ese día, para Violeta fue su primera y última borrachera,  de tan mal que lo pasó desarrolló intolerancia al alcohol (debe ser psicológico porque no lo soporta) y para la abuela la única mentira que nos contó.
En recuerdo de esta anécdota hemos hecho esta alacena. ¿os gusta?

martes, 15 de febrero de 2011

Casa Castilla

Por fin íbamos a conocer la casa que papá y mamá habían comprado en Castilla, estábamos emocionadas, era el domingo 26 de marzo de 1972, Semana Santa. Una semana de vacaciones con un mundo  desconocido por delante.
El viaje fue largo, muy largo, Victoria  tan pronto tenía sed como quería hacer pis, tampoco se le olvidó marearse y eso que llevaba puesta una tirita en el ombligo para que el viaje no la hiciese vomitar… (Remedios caseros que no parecían ser muy eficaces a tenor de los resultados), y para rematar iba en el cuello de mamá en el asiento del copiloto ¡locuras de aquellos tiempos!
Violeta iba como podía en el asiento de atrás, estaba lleno de bolsas y maletas, además del equipaje necesario para esos días había que llevar de todo: mantas, toallas, utensilios para la cocina… Aunque ya papá y los tíos habían ido unos días antes a llevar y colocar muebles aquel coche parecía ir a explotar de un momento a otro. Violeta cuan grácil contorsionista acomodaba  su cuerpo al espacio que los bultos dejaban. En una de las últimas paradas para tomar algo abrió la puerta,  detrás  de ella cayeron unas bolsas que parecía no querer acompañarnos: hubo  que luchar contra ellas para lograr cerrar la puerta  (era una batalla en toda regla, se colocaba una bolsa y caía otra, parecía que estaban compinchadas, además no ayudaba mucho el ataque de risa que nos dio a todos).
Después de cantar unas cuantas veces “yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así…”y “tengo la moza en Oviedo tienla su padre encerrá…” mamá dijo que si seguíamos siendo rebeldes y no callábamos la que nos iba a encerrar era ella, punto final, ¡a callar! que el viajecito ya llegaba a su fin.
A eso de las tres de la tarde llegamos a destino y lo primero que vimos en el patio de la nueva casa de vacaciones fue un banco de forja en el patio, estaba viejo y oxidado pero ya anunciaba lo que supondría para todos el futuro: muchas horas de tertulia, juegos y comidas al aire libre, horas de compañía con gente que muy pronto pasó a formar parte de nuestra familia, éramos  y seguimos siendo “los asturianos”, pero es tanto el cariño que nos dieron y tan bueno el acogimiento que tuvimos que hoy, muchos años más tarde seguimos acudiendo puntualmente unos días de nuestras vacaciones al pueblo que sentimos un poco nuestro.
Y como homenaje a ese día os presentamos este banco en miniatura que esperamos sea de vuestro agrado.

Sillón

¿Cómo se puede tener en la retina un viejo sillón decapado que estaba en un rincón del salón de la abuela siempre con unas agujas de tejer “pinchadas “en un ovillo de lana? Seguramente porque la abuela pasaba allí muchas horas y nosotras  a sus pies disfrutando de sus anécdotas y de su risa, recortando mariquitas, peinando a las muñecas, bordando sábanas para la cuna de los muñecos…viviendo la infancia, vacunándonos con el  amor que cura y protege en la vida de los sinsabores que en algún momento pueden importunarnos.
Cuando nosotras nos sentábamos en el sillón nos sentíamos importantes, estábamos en el lugar de mando, llevábamos el timón. Pero nunca como güelita, ella lo hacía sin histrionismos, con suavidad, sin que nos enterásemos,   casi  como sin querer…pero queriendo. Sabía lo que hacía,  nos enseñaba la historia de su vida y de los suyos: la nuestra, nuestro pasado, el punto del que partíamos, así sabíamos quienes éramos y ya solo nos quedaba por decidir a donde queríamos ir y quienes queríamos ser. ¡Toda una aventura!
Cómo nos gustaría poder compartir con güelita el presente, poder enseñarle nuestros logros, que viese en lo que nos hemos convertido, que compartiese con nosotras nuestra familia, ¡que orgullosa estaría!
Os dejamos las fotos de nuestro mini-sillón. ¿Os gusta?

Bureau

 La habitación que compartíamos cuando aún vivíamos en la casa paterna era luminosa y muy grande, dos camas gemelas y una amplia cómoda con un armario inmenso de madera de cerezo la hacían muy confortable, pero lo más bonito era el bureau lacado en blanco roto  con ornamentos dorados, que Violeta utilizaba para guardar sus cosas: era su rincón. Los discos de vinilo de Carpenters  compartían espacio con Serrat, Los Diablos, Nino Bravo y los ya históricos Beatles entre otros (ecléctica  en todo, también en los gustos musicales), además  las fotografías de sus ídolos, de sus amigas, cartas  y sobre todo su diario, casi con mayúsculas, era intocable, en él vertía su día a día, sus intimidades…su adolescencia, y eso si que no se lo enseñaba a nadie, era su “yo” en papel.
Aquel bureau era una herencia de familia, había sido de una tía de nuestra madre quien se lo regaló cuando pusieron su primera casa, es una maravilla y hoy está en la buhardilla de la casa del pueblo, sin dar ya tanto servicio pero siendo igual de encantador.
Esta es una copia en miniatura casi idéntica de aquel. Esperamos sea de vuestro agrado.


domingo, 13 de febrero de 2011

Alacena

19 de diciembre de 1971.Cumpleaños de Victoria.
Hace frio y está lloviendo, nuestros padres están en Valladolid para ver una casa que quieren comprar en un pueblo de la meseta castellana, creen que así dejaremos de sufrir estas fiebres que año tras año nos avasallan por culpa de unas “anginas sensibles” que no toleran ni el frio ni la humedad…
Aprovechando el comienzo de las vacaciones de navidad  estábamos en la casa del pueblo de nuestra abuela con ella y con la tía (una hermana suya que es todo un personaje), abrigadas por el calor de la cocina de carbón que se mantiene siempre encendida y trabajando: unas galletas al horno o un bizcocho, a veces castañas, otras empanadas y todos los días pan caliente, humeante y tierno.
Después de comer la abuela nos dejó ir a jugar con nuestras primas, somos muchas, con la única condición de que no nos mojásemos ni quitásemos el gorro ni los guantes, misión imposible, ¿cómo quiere güelita que juguemos disfrazadas de “Michelin”?, una alternativa para no mentir: sonreír y llenarla de besos, así nada prometemos.
A las cinco de la tarde tenemos que volver a casa a merendar y como se celebra un cumple nuestras primas van a venir también.
Todas a casa, allí merendaríamos un chocolate caliente y ¡sorpresa! La abuela y la tía nos habían hecho una tarta de DOS PISOS, decorada con merengue y flores de mazapán, perfecta, igual que la del cuento que Violeta leía en voz alta por las noches… para una princesa. La tarta estaba en la alacena, y se veía magnífica.
La tía nos propuso sentarnos a la mesa como si fuésemos “señoritas” y degustásemos un menú de reyes. ¡Qué risas!,  -pásame la fuente de los sándwiches- decía María con la boca llena mientras Carmen imitaba la pose de fumadora de Rita Hayworth en Gilda, Violeta nos llenaba las copas de agua con tanta clase que al final de la merienda el mantel estaba completamente mojado, aquello era una locura maravillosa y posiblemente el mejor cumpleaños que una niña pueda tener.
Hubo  regalos para todos, según la tía el que invita debe de tener un detalle con los invitados, así que habíamos ido a escoger una “mariquitas”  y con ellas poder jugar juntas en las vacaciones que previsiblemente iban a ser frías y lluviosas.  Victoria aún guarda hoy un estuche de piel para guardar pañuelos que Ana le regaló ese día y…la primera Nancy llegó a nuestra casa.
¡Qué contentas estábamos todas!, aún hoy cuando ya pasaron tantos años guardo este recuerdo en mi memoria y me viene a auxiliar en esos momentos en los que se echa de menos a estas grandes mujeres que nos acompañaron en la infancia.
 Paseando hace ya algún tiempo por Oviedo en un escaparate vi una tarta exactamente igual a la que degustamos aquel día y no pude por menos que comprarla, era una de nuestras primeras miniaturas, lo siguiente era colocarla en la alacena. Manos a la obra. Una alacena en un fascículo muy parecida a la de güelita era la base de todo el proyecto que hoy os presentamos. Esperamos que os guste.


La casa de nuestra bisabuela está ubicada en la falda de una montaña, perdida en el silencio atronador de los bosques asturianos donde el  bramido de los ciervos, el arruar del jabalí, el relinchar de los caballos… se entremezcla con el susurro de las abejas y el maullido de los gatos. Sentir en las gélidas mañanas el soniquete del cencerro que una vaca lleva en su collar augura un vaso de leche caliente, invita a soñar con las lecheras que llenas del preciado líquido traían un poco de calor para seguir trabajando en esta tierra maravillosa y dura en la que vivimos.
Recordando la importancia de estos recipientes para nuestros antepasados y negándonos a dejarlas en el olvido decidimos devolverles algo de la prestancia que algún día tuvieron, el color tapioca del fondo evoca el color de la leche con toda su nata y las flores son un canto a la primavera que llega año tras año con la fuerza del color y la alegría.

Como veis en la fotografía es fácil ir dejando huella. Esperamos que os guste el resultado de nuestro trabajo.

Las Lecheras