domingo, 13 de febrero de 2011

La casa de nuestra bisabuela está ubicada en la falda de una montaña, perdida en el silencio atronador de los bosques asturianos donde el  bramido de los ciervos, el arruar del jabalí, el relinchar de los caballos… se entremezcla con el susurro de las abejas y el maullido de los gatos. Sentir en las gélidas mañanas el soniquete del cencerro que una vaca lleva en su collar augura un vaso de leche caliente, invita a soñar con las lecheras que llenas del preciado líquido traían un poco de calor para seguir trabajando en esta tierra maravillosa y dura en la que vivimos.
Recordando la importancia de estos recipientes para nuestros antepasados y negándonos a dejarlas en el olvido decidimos devolverles algo de la prestancia que algún día tuvieron, el color tapioca del fondo evoca el color de la leche con toda su nata y las flores son un canto a la primavera que llega año tras año con la fuerza del color y la alegría.

Como veis en la fotografía es fácil ir dejando huella. Esperamos que os guste el resultado de nuestro trabajo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada