domingo, 13 de febrero de 2011

Alacena

19 de diciembre de 1971.Cumpleaños de Victoria.
Hace frio y está lloviendo, nuestros padres están en Valladolid para ver una casa que quieren comprar en un pueblo de la meseta castellana, creen que así dejaremos de sufrir estas fiebres que año tras año nos avasallan por culpa de unas “anginas sensibles” que no toleran ni el frio ni la humedad…
Aprovechando el comienzo de las vacaciones de navidad  estábamos en la casa del pueblo de nuestra abuela con ella y con la tía (una hermana suya que es todo un personaje), abrigadas por el calor de la cocina de carbón que se mantiene siempre encendida y trabajando: unas galletas al horno o un bizcocho, a veces castañas, otras empanadas y todos los días pan caliente, humeante y tierno.
Después de comer la abuela nos dejó ir a jugar con nuestras primas, somos muchas, con la única condición de que no nos mojásemos ni quitásemos el gorro ni los guantes, misión imposible, ¿cómo quiere güelita que juguemos disfrazadas de “Michelin”?, una alternativa para no mentir: sonreír y llenarla de besos, así nada prometemos.
A las cinco de la tarde tenemos que volver a casa a merendar y como se celebra un cumple nuestras primas van a venir también.
Todas a casa, allí merendaríamos un chocolate caliente y ¡sorpresa! La abuela y la tía nos habían hecho una tarta de DOS PISOS, decorada con merengue y flores de mazapán, perfecta, igual que la del cuento que Violeta leía en voz alta por las noches… para una princesa. La tarta estaba en la alacena, y se veía magnífica.
La tía nos propuso sentarnos a la mesa como si fuésemos “señoritas” y degustásemos un menú de reyes. ¡Qué risas!,  -pásame la fuente de los sándwiches- decía María con la boca llena mientras Carmen imitaba la pose de fumadora de Rita Hayworth en Gilda, Violeta nos llenaba las copas de agua con tanta clase que al final de la merienda el mantel estaba completamente mojado, aquello era una locura maravillosa y posiblemente el mejor cumpleaños que una niña pueda tener.
Hubo  regalos para todos, según la tía el que invita debe de tener un detalle con los invitados, así que habíamos ido a escoger una “mariquitas”  y con ellas poder jugar juntas en las vacaciones que previsiblemente iban a ser frías y lluviosas.  Victoria aún guarda hoy un estuche de piel para guardar pañuelos que Ana le regaló ese día y…la primera Nancy llegó a nuestra casa.
¡Qué contentas estábamos todas!, aún hoy cuando ya pasaron tantos años guardo este recuerdo en mi memoria y me viene a auxiliar en esos momentos en los que se echa de menos a estas grandes mujeres que nos acompañaron en la infancia.
 Paseando hace ya algún tiempo por Oviedo en un escaparate vi una tarta exactamente igual a la que degustamos aquel día y no pude por menos que comprarla, era una de nuestras primeras miniaturas, lo siguiente era colocarla en la alacena. Manos a la obra. Una alacena en un fascículo muy parecida a la de güelita era la base de todo el proyecto que hoy os presentamos. Esperamos que os guste.


1 comentario:

  1. Queridas Victoria y Violeta: gracias a su comentario en mi blog descubri el de ustedes, es sencillamente encantador, la magia de la infancia me envuelve al leer los posts, las miniaturas son hermosas, me gustaria algun dia ser capaz de hacer con mis manos esas bellezas. Un beso, felicitaciones!, las llevo a mi blog. Silvia

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